Durante la Guerra Fría, científicos encontraron estroncio-90 procedente de las pruebas nucleares en dientes infantiles. El material radiactivo había viajado miles de kilómetros y entrado en el organismo. En lugares como las Islas Marshall, las consecuencias fueron mucho mayores: evacuaciones, territorios contaminados y reclamaciones que siguen abiertas en 2026.
En Gaza, los edificios destruidos se convierten en decenas de millones de toneladas estimadas de materiales que hay que identificar y separar. En Kajovka, el agua desplazó sedimentos, residuos y contaminantes mucho más allá de la presa. En Kuwait, la guerra terminó en 1991 y la remediación de suelos contaminados seguía en marcha más de treinta años después. Parte de la huella de una guerra empieza precisamente cuando el impacto ya ha terminado.
En la Sierra Oeste de Madrid, recuperar el territorio quemado no está significando plantar inmediatamente un bosque nuevo. Primero hay que proteger suelo y fauna, decidir qué madera retirar, observar qué vegetación vuelve por sí sola y elegir después dónde intervenir. Al fondo aparece una pregunta mayor: si el paisaje debe reconstruirse tal como era o aprovechar el incendio para hacerlo menos continuo cuando vuelva el fuego.