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Las claves de esta historia en 1:40 min
Resumen generado con IA y revisado por WHAT FOLLOWS.
Una guerra se mide antes que nada en vidas humanas.
En quienes mueren, resultan heridos, pierden su casa, tienen que marcharse o continúan viviendo bajo la violencia. Ninguna contabilidad de agua contaminada, hectáreas inundadas o toneladas de residuos puede competir moralmente con esa destrucción ni convertirla en una tragedia secundaria que hubiera pasado inadvertida.
Pero las personas que sobreviven siguen necesitando un lugar donde vivir.
Agua que pueda beberse. Suelo donde cultivar. Caminos transitables. Ríos, costas y acuíferos que continúen funcionando. Y comparten esos territorios con especies y ecosistemas cuyo deterioro tiene también consecuencias propias, aunque no necesitemos humanizarlos para reconocerlo.
Por eso existe otra pregunta después de la destrucción.
¿En qué se convierte materialmente todo lo que una guerra rompe?
Kuwait ofrece una respuesta incómodamente larga.
La invasión iraquí y la guerra terminaron en 1991. Los incendios de pozos y los vertidos dejaron petróleo extendido sobre el desierto y centenares de los llamados oil lakes.
En 2022, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas dio por terminado el mandato de la Comisión creada para gestionar las compensaciones derivadas de aquella guerra.
El expediente jurídico podía cerrarse.
El suelo todavía no.
En 2024, Kuwait Oil Company seguía describiendo ocho proyectos destinados a tratar hasta 23 millones de metros cúbicos de terrenos afectados por aquellos vertidos. Según la compañía, su ejecución había superado entonces el 40%. Antes de intervenir en determinadas zonas había que localizar y retirar además munición sin explotar.
Más de treinta años después, una parte de aquella guerra seguía presente en forma de suelo que había que excavar, analizar y tratar.
Ese desfase contiene buena parte de la historia.
El combate puede durar semanas o meses.
Lo que deja detrás puede convertirse en trabajo para décadas.
Lo que queda
Un edificio destruido parece el final de algo.
Materialmente es también el principio de otra cosa.
En Gaza, el segundo análisis ambiental de Naciones Unidas estimó en 2025 unos 61 millones de toneladas de escombros derivados de la destrucción acumulada.
La palabra estimó importa.
No son 61 millones de toneladas que alguien haya pesado una a una. La cifra procede del análisis de los daños físicos y de las características de los edificios afectados.
Y tampoco son 61 millones de toneladas de residuos tóxicos.
UNEP calculó que aproximadamente un 15% del escombro podía situarse en una categoría de riesgo relativamente alto de contaminación por materiales como amianto, residuos industriales o metales pesados si los distintos flujos no se segregaban adecuadamente.
Riesgo no es contaminación demostrada.
La distinción condiciona lo que debe ocurrir después.
Un edificio deja de ser solamente hormigón roto. Sus restos tienen que convertirse en categorías: qué puede manipularse, qué necesita análisis, qué contiene materiales potencialmente peligrosos, dónde puede haber explosivos sin detonar, qué puede triturarse y reutilizarse y qué exige una eliminación segura.
En determinados lugares aparece además una cuestión que desborda por completo la gestión convencional de residuos: entre el escombro puede haber restos humanos.
Por eso despejar una calle no consiste simplemente en cargar cascotes en un camión.
En 2025 y 2026 ya existían operaciones materiales de retirada y reutilización. Un proyecto de UNDP financiado por Japón informó de 112.000 toneladas recogidas durante 2025–2026, parte de cuyo material reciclado se utilizó para reparar carreteras y bases de refugios.
En julio de 2026, UNDP y la Unión Europea pusieron en marcha otro programa de 18 meses para retirar, procesar y reutilizar escombros y reforzar las capacidades de recuperación e identificación forense.
Es una fracción de un problema muchísimo mayor.
Pero permite ver la transformación completa.
Edificio. Escombro. Clasificación. Riesgo. Retirada. Material reutilizable. Reconstrucción.
Lo que desapareció del horizonte urbano no desapareció físicamente.
Cambió de forma.
Y esa transformación alcanza también sistemas menos visibles que un edificio.
Cuando dejan de funcionar las redes de agua y saneamiento, una infraestructura destruida puede convertirse en vertidos continuos, tratamiento insuficiente de aguas residuales y nuevas vías de contaminación.
En Gaza, UNEP identificó esos riesgos para el acuífero y el medio costero. También fue explícito sobre sus límites: las condiciones de seguridad impidieron al organismo desplegar su propia misión de campo y obligaron a combinar teledetección con información de otras agencias.
Sabemos mucho sobre la escala física de la destrucción.
Todavía no existe un muestreo exhaustivo capaz de decir qué contiene químicamente cada suelo, cada montón de escombros o cada parte del acuífero.
Lo visible puede cartografiarse desde arriba.
La química necesita acercarse mucho más.
Lo que se desplaza
La destrucción tampoco tiene por qué quedarse donde ocurrió.
El 6 de junio de 2023 se rompió la presa de Kajovka, sobre el Dniéper, en Ucrania.
Las imágenes más inmediatas mostraron la inundación aguas abajo.
Casas anegadas. Agua avanzando sobre carreteras y campos. Vegetación arrancada.
Pero el daño no se movió únicamente hacia abajo.
Aguas arriba ocurrió prácticamente lo contrario: el embalse perdió el agua que había sostenido durante décadas un ecosistema acuático y amplias zonas de humedal quedaron expuestas.
UNEP describió la transformación de aquel sistema, existente desde hacía unos setenta años, hacia un nuevo entorno fluvial todavía en sus primeras fases y consideró altamente probable que parte de los cambios alrededor del antiguo embalse fueran irreversibles.
La misma rotura produjo así dos movimientos opuestos.
Inundación en una dirección.
Desecación en la otra.
Y el agua se convirtió además en transportista.
Movió sedimentos, vegetación, residuos y sustancias liberadas desde instalaciones afectadas. UNEP pudo confirmar determinados episodios, entre ellos liberaciones de aceite de maquinaria y fertilizante líquido.
Identificó también 54 instalaciones como posibles puntos críticos que debían investigarse.
No significa que en las 54 estuvieran presentes todos los contaminantes posibles.
Significa que existían razones suficientes para buscar allí primero.
La guerra añade además una dificultad peculiar a ese trabajo.
Para saber exactamente qué contiene un suelo habría que acercarse, tomar muestras y analizarlas.
En Kajovka, algunas de las zonas que necesitaban precisamente esa inspección estaban expuestas a minas, munición sin explotar o combate activo.
El peligro no solo puede producir el daño.
Puede impedir medirlo.
Eso crea una especie de retraso dentro del propio problema: existen lugares donde la recuperación necesita información que todavía no puede obtenerse con seguridad.
Y obliga a mantener separadas dos cosas que las imágenes pueden mezclar.
Un satélite puede mostrar un edificio destruido, una inundación, un incendio o una pérdida de vegetación.
No puede determinar por sí solo cuántos miligramos de un determinado metal hay en una muestra de suelo.
La imagen permite ver que algo ha cambiado.
Para saber exactamente en qué se ha convertido, a menudo hay que esperar.
Lo que permanece
Kuwait permite ver qué ocurre cuando ese tiempo ya ha pasado.
Los vertidos de 1990–1991 formaron centenares de acumulaciones de petróleo sobre el desierto.
Décadas después era posible hacer algo que todavía resulta mucho más difícil en Gaza o en partes de Ucrania: entrar, tomar muestras y estudiar cómo había cambiado la contaminación.
Un trabajo de campo y laboratorio publicado en 2023 encontró una realidad menos uniforme de la que sugiere la expresión suelo contaminado.
Tras décadas de meteorización persistían hidrocarburos, pero la concentración y el riesgo variaban considerablemente entre emplazamientos. Buena parte de las muestras estudiadas presentaba niveles de riesgo menores; las zonas más contaminadas requerían tratamientos más intensivos.
La persistencia, por tanto, tampoco significa que cada metro cuadrado conserve el mismo problema.
Esa diferencia tiene consecuencias prácticas.
Remediar puede significar excavar y tratar grandes volúmenes de suelo, pero no necesariamente tratarlos todos con la misma intensidad.
Naciones Unidas concedió a Kuwait más de 2.259 millones de dólares específicamente para la remediación de los oil lakes.
La cantidad permite dimensionar institucionalmente la tarea, aunque no mida por sí misma el daño biofísico.
Y todavía aparece otra conexión con el pasado.
Antes de tratar determinados suelos, los equipos necesitan comprobar que pueden trabajar sobre ellos sin encontrarse con munición sin explotar.
El hidrocarburo y el explosivo pertenecen al mismo conflicto.
Uno permanece como contaminación.
El otro permanece como impedimento para limpiarla.
La Comisión de Compensación terminó su mandato en 2022 porque las obligaciones económicas de Irak habían sido satisfechas. El Consejo de Seguridad tuvo que recordar entonces algo que parece obvio solo después de decirlo: los proyectos ambientales que seguían pendientes debían continuar.
Las instituciones pueden cerrar un expediente antes de que un territorio termine de recuperarse.
Lo que solo sabemos después
Esperar no sirve únicamente para comprobar cuánto dura un daño.
También puede cambiar lo que creemos saber sobre él.
En 2006, durante la guerra entre Israel y Hezbolá, los bombardeos sobre los depósitos de combustible de la central eléctrica de Jiyeh provocaron un gran vertido sobre la costa libanesa.
Incluso una contaminación tan visible produjo inventarios diferentes.
El Ministerio de Medio Ambiente de Líbano situó el vertido entre 12.000 y 15.000 toneladas. REMPEC, organismo regional vinculado al sistema de Naciones Unidas y la Organización Marítima Internacional, registra 30.000.
La discrepancia no necesita resolverse eligiendo la cifra mayor.
Enseña otra cosa: incluso después de un gran episodio observable puede existir incertidumbre sobre cuánto material fue liberado.
Pero Líbano permite dar un paso que en otros conflictos no siempre es posible.
Cuando terminaron los combates, UNEP entró sobre el terreno.
El equipo visitó más de cuarenta emplazamientos y tomó muestras relacionadas con contaminación industrial, residuos peligrosos, agua, costa y posibles residuos de armamento. Después las envió a laboratorios especializados.
Ese trabajo confirmó unos problemas y permitió descartar, dentro de los límites de las muestras analizadas, otros temores.
Por ejemplo, UNEP no encontró evidencia de uranio empobrecido en las muestras que examinó.
Eso no demuestra que jamás se utilizara en ningún punto del conflicto.
Demuestra algo metodológicamente más valioso: una investigación rigurosa también debe ser capaz de buscar una contaminación sospechada y no encontrarla.
En los conflictos activos ocurre con frecuencia lo contrario.
Tenemos razones para buscar antes de tener posibilidad de medir.
El estrecho de Ormuz ofrece en 2026 un ejemplo especialmente inmediato.
Los ataques contra buques e instalaciones petroleras hacen plausible el riesgo de vertidos y contaminación.
Pero plausible sigue sin significar ocurrido.
A 9 de octubre, la Organización Marítima Internacional registraba cien incidentes confirmados en Ormuz y Oriente Medio desde marzo. Algunos incluían contaminación observada o vertidos todavía bajo evaluación.
En muchos otros, el registro indicaba expresamente que no había contaminación.
Buque atacado no equivale a vertido.
Ese pequeño contraste importa porque una guerra produce suficientes daños reales como para no necesitar completar los huecos con daños imaginados.
El territorio que queda
Una guerra puede destruir una infraestructura en segundos.
Después empiezan otros relojes.
El del escombro que debe retirarse de una calle.
El del explosivo que impide entrar en una parcela.
El del agua que transporta un contaminante fuera del lugar donde fue liberado.
El del suelo que necesita análisis antes de decidir cómo tratarlo.
El de un ecosistema que puede reorganizarse de una forma que ya no permita reconstruir exactamente lo que existía antes.
Y el de una contaminación cuya remediación continúa cuando las instituciones creadas por la propia guerra ya han cerrado sus puertas.
Nada de esto convierte el daño ambiental en una tragedia separada de las personas.
Sucede precisamente en los territorios donde las personas necesitan volver a vivir.
Limpiar escombros permite abrir carreteras.
Un sistema de saneamiento vuelve a importar porque alguien necesita agua.
El estado de un suelo condiciona si puede cultivarse o utilizarse con seguridad.
Un río, un humedal o una costa no son únicamente infraestructuras humanas, pero su deterioro tampoco permanece al margen de las formas de vida que dependen de ellos.
La huella menos visible de una guerra quizá no sea una sustancia concreta.
Es esta transformación.
Algo que era edificio se convierte en residuo.
Algo que estaba contenido empieza a desplazarse.
Algo que parecía terminado permanece durante décadas.
Y algo que parecía evidente cambia cuando por fin podemos acercarnos y medirlo.
Las guerras dejan de ocupar la actualidad mucho antes de que el suelo, el agua y los restos hayan terminado de contar qué ocurrió.


