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Las claves de esta historia en 1:31 min
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A 21 de septiembre, en Pelayos de la Presa, una parte de la recuperación tiene el aspecto poco épico de una pila de madera.
Más de 1.200 árboles afectados habían sido retirados y habían producido unos 750 metros cúbicos de madera apilada, según un reportaje de Telemadrid. La tala se concentra en ejemplares dañados que pueden caer sobre personas, animales, viviendas o infraestructuras; parte de la madera retirada terminará como biomasa.
Podría parecer el comienzo de la reconstrucción del bosque.
No necesariamente.
Después de un gran incendio, cortar, dejar en pie, retirar, triturar, sembrar, esperar o plantar son decisiones distintas. Algunas responden a seguridad. Otras intentan proteger el suelo. Otras buscan contener plagas. Y algunas solo podrán tomarse cuando hayan pasado meses y sea posible comprobar qué parte del monte está regresando sin ayuda.
Esa sucesión de decisiones está apareciendo ahora en la Sierra Oeste de Madrid.
El episodio de julio no nació de un único punto: varios incendios activos terminaron interactuando hasta que, el 25 de julio, la Comunidad de Madrid describía los distintos focos como un fuego que ya se comportaba «como uno solo». No conviene, por tanto, atribuir una única causa de ignición al conjunto.
El 29 de julio, el Gobierno regional calculaba aproximadamente 27.000 hectáreas dentro del perímetro afectado en Madrid. El 2 de septiembre utilizaba una estimación de unas 27.100 hectáreas. Son dos cortes oficiales diferentes; la diferencia no permite afirmar que entre ambas fechas ardieran exactamente cien hectáreas adicionales.
Lo interesante empieza después de ese número.
Porque recuperar 27.100 hectáreas no significa decidir qué plantar en 27.100 hectáreas.
Antes de plantar, evitar que se vaya el suelo
Una ladera quemada puede tener un problema más urgente que la ausencia de árboles.
El suelo ha perdido parte de la cobertura que amortiguaba la lluvia. Las cenizas y los materiales sueltos pueden desplazarse con la escorrentía. Si llegan precipitaciones intensas antes de que vuelva la vegetación, una parte de ese suelo puede terminar pendiente abajo.
Por eso algunas de las primeras herramientas de restauración tienen nombres mucho menos intuitivos que «reforestación».
Las fajinas utilizan troncos o restos vegetales dispuestos siguiendo aproximadamente las curvas de nivel para frenar el agua y retener sedimentos. Las albarradas funcionan como pequeñas barreras en zonas de drenaje. El acolchado cubre la superficie para reducir el impacto directo de la lluvia y proteger el terreno.
El plan presentado por la Comunidad de Madrid el 29 de julio contemplaba precisamente fajinas, albarradas y acolchado de paja, con actuaciones previstas, entre otros lugares, en laderas próximas a los embalses de San Juan y Picadas.
No sabemos todavía cuántas hectáreas de la Sierra Oeste acabarán tratándose mediante cada técnica.
Sí sabemos por qué el suelo aparece tan pronto en la secuencia.
La literatura sobre restauración postincendio recomienda evaluar rápidamente severidad, pendiente y riesgo de erosión antes de decidir dónde intervenir. En algunos terrenos puede ser más importante proteger la superficie durante los primeros episodios de lluvia que empezar inmediatamente a introducir nueva vegetación. Las fajinas y los acolchados son algunas de las herramientas utilizadas, pero su necesidad y eficacia dependen del lugar: tampoco existe una receta única para toda superficie quemada.
En la Sierra Oeste todavía se está construyendo ese diagnóstico.
El Gobierno regional encargó en septiembre un estudio para evaluar daños, vegetación, relieve y zonas con mayor riesgo de erosión y escorrentía. Además, el 4 de septiembre formalizó con TRAGSA otro encargo de apoyo técnico para evaluar daños, priorizar y hacer seguimiento de la restauración durante 18 meses.
Eso sitúa una parte fundamental de la recuperación donde quizá menos se ve: en decidir qué necesita hacer cada zona antes de actuar sobre ella.
Un árbol quemado también es una decisión
La madera ofrece una versión especialmente clara de ese problema.
Desde fuera, un árbol calcinado puede parecer simplemente algo que hay que retirar.
Sobre el terreno no siempre funciona así.
Cerca de una carretera, una vivienda o una pista forestal, un tronco debilitado puede ser un riesgo de caída. Un pino dañado puede además quedar expuesto a insectos perforadores y convertirse en un problema fitosanitario. La madera también conserva algún valor económico y, si va a aprovecharse, puede perderlo a medida que se deteriora. Esa pérdida de valor con el tiempo está documentada por especialistas forestales consultados por EFE para aprovechamientos de madera quemada.
Pero un árbol muerto puede cumplir otras funciones: retener suelo, aportar materia orgánica, conservar humedad o proporcionar refugio a determinadas especies.
Por eso la alternativa real no es «limpiar el monte» frente a «no hacer nada».
Es decidir qué madera retirar, cuál conservar, en qué lugar y para qué.
La Comunidad de Madrid creó el 4 de agosto un régimen específico para autorizar la corta y extracción de vegetación quemada o debilitada en Sierra Oeste y Lozoyuela. La propia resolución incorpora dos matices importantes: prevé retener parte de los productos vegetales para controlar la erosión y contempla tratamientos distintos para frondosas capaces de rebrotar desde la cepa.
Para los montes privados, que representan una parte importante del territorio afectado, el plan regional permite realizar determinadas cortas de árboles y arbustos quemados mediante aviso y bajo supervisión de agentes forestales. En los montes públicos, la Administración gestiona directamente trabajos y aprovechamientos.
A finales de agosto, la Comunidad había formalizado además trabajos de emergencia para retirar arbolado en las franjas de seguridad próximas a pistas forestales. La existencia de árboles quemados, inclinados, descalzados o estructuralmente dañados llevó a restringir temporalmente el acceso a doce montes de utilidad pública mientras se desarrollaban esas labores y se consolidaban los viales.
El 10 de septiembre el Gobierno regional anunció también el inicio de aprovechamientos madereros extraordinarios en las áreas más dañadas de Sierra Oeste y Lozoyuela.
La imagen de la madera apilada en Pelayos pertenece a esta primera fase.
No nos dice todavía cómo será el monte futuro.
Dice qué cosas del monte anterior no pueden quedarse donde están.
Dejar que el monte haga parte del trabajo
Después aparece una decisión aparentemente extraña: esperar.
La Comunidad anunció siembras en pinares, pero su propio plan establece que, tras la primera restauración, los técnicos evaluarán cómo avanza la regeneración natural antes de decidir dónde resulta necesario repoblar.
Eso cambia bastante la imagen habitual de una recuperación postincendio.
Un bosque quemado no es automáticamente una superficie vacía.
Algunas especies mediterráneas pueden rebrotar desde raíces o cepas que han sobrevivido. Otras dependen de semillas que permanecen en el suelo o en las copas. La respuesta varía según la especie, la intensidad con la que ardió cada lugar, el estado posterior del suelo, la pendiente, el agua disponible y lo que ocurra durante los siguientes meses. Por eso evaluar la capacidad de regeneración antes de intervenir forma parte de las recomendaciones científicas para el primer año posterior a un incendio.
Esperar no significa abandonar.
Significa utilizar lo que ocurra durante ese tiempo como información.
Allí donde la vegetación responda suficientemente, plantar puede resultar innecesario. Donde no lo haga, la restauración activa puede incluir siembras, plantaciones u otros tratamientos.
Todavía no sabemos qué parte de la Sierra Oeste acabará en cada categoría.
No hay publicado un mapa que diga: esta ladera se regenerará sola; esta otra será plantada.
Precisamente esa frontera es una de las cosas que la evaluación técnica debe construir.
El mapa futuro no es solo forestal
Hasta aquí, la recuperación podría entenderse como una cuestión interna del monte.
La propuesta más ambiciosa aparece cuando se amplía el mapa.
El 29 de julio la Comunidad de Madrid introdujo la idea de crear «infraestructuras de defensa» mediante viñedos, pastizales y plantaciones agrícolas. En septiembre fue más lejos: anunció un equipo de trabajo formado por ingenieros de montes, profesionales del IMIDRA y otros especialistas para estudiar un futuro mosaico agrícola-ganadero-forestal en la Sierra Oeste. También anunció inversiones para facilitar pastoreo, reparar infraestructuras ganaderas y apoyar la actividad extensiva.
Pero ese mapa futuro no es una hoja en blanco.
La Ley 43/2003 de Montes prohíbe con carácter general cambiar el uso forestal de los terrenos incendiados durante al menos 30 años, salvo excepciones tasadas. La resolución madrileña de 4 de agosto recuerda además que las actuaciones autorizadas después de estos incendios persiguen la restauración ecológica y fitosanitaria y no pueden hacer perder a las parcelas su condición de terreno forestal.
El mosaico, por tanto, no significa convertir libremente el monte quemado en viñedos, cultivos o pastos.
Se plantea a escala territorial: combinar usos forestales con actividades agrícolas y ganaderas allí donde sean jurídica y territorialmente posibles, y aprovechar esas diferencias para reducir la continuidad del combustible.
La palabra mosaico puede hacer pensar en diversidad paisajística por razones estéticas.
Aquí habla de combustible.
Un paisaje formado por una gran superficie de vegetación continua permite que el fuego encuentre combustible a lo largo de distancias muy grandes. Introducir usos distintos —bosque manejado, viñedos, cultivos, pastos, zonas abiertas— puede crear discontinuidades en esa vegetación.
Un viñedo no es un muro contra las llamas.
Un pastizal tampoco.
Pero ambos pueden tener una cantidad, estructura y continuidad de combustible diferentes de las de una masa forestal densa.
La literatura científica lleva años estudiando esta relación en el sur de Europa. Los trabajos de Francisco Moreira y otros investigadores vinculan determinados cambios de uso del suelo y la homogeneización del paisaje con el aumento del peligro de incendios, y plantean la gestión a escala de paisaje como una forma de modificar la disposición del combustible.
En España, el informe de la Oficina C del Congreso sobre incendios recoge la misma lógica: combinar áreas boscosas con viñedos, pastos y otros usos puede reducir la continuidad de la vegetación, mientras agricultura y ganadería extensiva pueden formar parte de la gestión preventiva del territorio.
Pero entre dibujar un mosaico sobre un documento y construirlo existe una distancia considerable.
Hace falta saber dónde tendría sentido cada uso, qué parcelas son públicas y cuáles privadas, qué actividades son legalmente posibles, quién quiere cultivarlas o pastorearlas, qué actividades son económicamente viables y qué gestión recibirán dentro de diez o veinte años.
Un mosaico abandonado también puede volver a llenarse de vegetación.
Por eso el diseño territorial no puede separarse de la gente que mantendrá esos usos.
En Sierra Oeste ese paisaje todavía no existe como resultado de la recuperación.
Lo que existe es la decisión política de estudiarlo y empezar a incorporar agricultura, viticultura y ganadería al problema forestal dentro de los límites legales y territoriales que correspondan.
Un paisaje distinto no es un paisaje inmune
Hay una razón para ser especialmente cuidadosos aquí.
Resulta tentador dibujar una línea sencilla:
bosque continuo → gran incendio
mosaico → incendio pequeño.
El fuego no funciona con esa obediencia.
La cantidad y distribución del combustible importan, pero también el viento, la humedad, la sequía, la topografía y la intensidad del propio incendio. Bajo condiciones meteorológicas extremas, las discontinuidades que funcionan con fuegos más moderados pueden ser superadas por llamas o por focos secundarios.
La revisión de Moreira sobre incendios del sur de Europa es explícita al respecto: la planificación del paisaje para reducir combustible puede funcionar cuando las condiciones meteorológicas del incendio no son extremas. Paulo Fernandes llega a una precaución parecida desde el concepto de fire-smart management: gestionar el combustible puede modificar el régimen o la severidad del fuego, pero sus resultados están condicionados por el peso relativo de la vegetación, la meteorología y la sequía.
Así que recuperar la Sierra Oeste no consiste en diseñar un territorio que no vuelva a arder.
Eso no está al alcance de un plan de restauración.
La pregunta es más modesta y también más interesante: qué puede modificarse ahora para que el próximo incendio no encuentre exactamente el mismo paisaje.
La respuesta se construirá a distintas velocidades.
- Durante semanas, retirando un árbol que amenaza una pista.
- Antes de las lluvias, intentando que una ladera conserve su suelo.
- Durante meses, viendo qué encinas rebrotan y dónde las semillas consiguen establecerse.
- Después, eligiendo dónde plantar.
- Y durante años, si el proyecto llega a materializarse, decidiendo cómo se relacionan las áreas forestales que deben conservar esa condición con viñedos, cultivos, pastos y otros usos allí donde sean legal y territorialmente posibles.
Después de un gran incendio siempre existe el deseo comprensible de volver a poner verde lo que se ha vuelto negro.
En la Sierra Oeste, la cuestión que empieza a aparecer es distinta.
No solo cómo hacer que vuelva el paisaje.
También qué paisaje merece la pena hacer volver.
Fuentes y referencias
- La Comunidad de Madrid vive una situación crítica de incendios forestales múltiples y de extrema gravedad
- Díaz Ayuso: «Todos los medios de la región están trabajando sin descanso»
- Díaz Ayuso avanza un Plan de Recuperación del Paisaje en los 17 municipios afectados por los incendios en la Sierra Oeste
- La Comunidad de Madrid invierte en la recuperación de los montes y la protección de la fauna silvestre tras el incendio de la Sierra Oeste
- Resolución 2130/2026, de 4 de agosto, por la que se autoriza la corta de vegetación forestal quemada en las zonas afectadas por los incendios de Lozoyuela y Sierra Oeste del año 2026
- Resolución 2263/2026, de 31 de agosto, por la que se restringe temporalmente el acceso a visitantes y vehículos a motor en los caminos y pistas forestales de los montes afectados por el incendio forestal de la Sierra Oeste
- Apoyo técnico para la evaluación de daños, priorización y seguimiento de actuaciones para la restauración de los montes ocasionados por los incendios forestales de 2026 en la Sierra Oeste de la Comunidad de Madrid
- La Comunidad de Madrid acelera la recuperación de Sierra Oeste y Lozoyuela tras los incendios facilitando el aprovechamiento maderero en los montes afectados
- Díaz Ayuso anuncia más de 26 millones de euros en nuevas actuaciones para la recuperación de la Sierra Oeste tras el gran incendio de este verano
- La Sierra Oeste avanza en su recuperación tras el incendio
- Construcción, muebles o biomasa, la nueva vida de la madera quemada en incendios
- Ley 43/2003, de 21 de noviembre, de Montes · artículo 50
- Incendios forestales y restauración de zonas quemadas
- Landscape–wildfire interactions in southern Europe: implications for landscape management
- Fire-smart management of forest landscapes in the Mediterranean basin under global change

