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Las claves de esta historia en 1:46 min
Resumen generado con IA y revisado por WHAT FOLLOWS.
La temporada termina.
Quedan unas camisetas en una talla que salió peor de lo previsto. Un abrigo cuyo color no funcionó. Miles de unidades repartidas entre tiendas y almacenes después de que las rebajas no consiguieran vaciarlos.
La ropa sigue siendo nueva.
El problema es que nadie la ha comprado.
Durante años, una de las posibles salidas de ese inventario fue dejar de tratarlo como producto y convertirlo en residuo. Incinerarlo, enviarlo a vertedero o destruirlo para recuperar parte de sus materiales.
Para las grandes empresas que operan en la Unión Europea, esa puerta acaba de estrecharse drásticamente.
Desde el 19 de julio de 2026, la normativa europea de diseño ecológico prohíbe destruir ropa, accesorios y calzado no vendidos salvo en una serie limitada de excepciones. Las empresas medianas entrarán en el régimen en 2030.
La regulación puede explicarse como una medida ambiental.
Pero para una empresa de moda plantea antes una cuestión mucho más elemental.
Si has fabricado algo y nadie lo quiere, ¿dónde lo pones ahora?
El excedente no desaparece porque cambie la ley
No conocemos con precisión cuánto producto textil queda sin vender en Europa.
Esa falta de información forma parte del problema.
La Agencia Europea de Medio Ambiente revisó los estudios disponibles y encontró una gran dispersión de cifras. El promedio de las fuentes analizadas situaba en torno al 21% la proporción de productos textiles que quedaban sin vender, pero la propia agencia advierte de que hay pocos datos, que muchas cifras dependen de información facilitada por las empresas y que la transparencia es limitada.
Sabemos algo mejor cuánto acaba destruido.
La EEA estima que entre el 4% y el 9% de todos los productos textiles puestos en el mercado europeo se destruyen antes de llegar a utilizarse para su finalidad original. Eso equivaldría a entre 264.000 y 594.000 toneladas anuales.
Es una estimación basada en la evidencia disponible, no un registro exhaustivo de todas las prendas destruidas.
La agencia calcula además que el impacto climático asociado a procesar y destruir producto devuelto o no vendido podría alcanzar hasta 5,6 millones de toneladas de CO₂ equivalente.
Pero la prohibición no elimina ninguna de las razones por las que ese excedente apareció.
Una empresa sigue teniendo que decidir por adelantado cuántos vestidos producir, en qué colores, qué tallas mandar a cada mercado y cuánto venderá una colección meses después.
Siempre habrá errores.
La novedad consiste en que esos errores ya no pueden resolverse con la misma facilidad al final de la cadena.
Antes de convertirse en residuo, sigue siendo una prenda
Hay aquí un matiz importante.
La nueva norma no dice simplemente que una prenda no vendida deba reciclarse en lugar de incinerarse.
De hecho, bajo la definición europea, destruir un producto incluye descartarlo o dañarlo de manera que se convierta en residuo. Eso puede incluir su destrucción material para reciclaje.
La prioridad para una prenda nueva y utilizable es otra: mantenerla como producto.
- Venderla, incluso mediante descuentos o mercados alternativos.
- Donarla.
- Repararla o reacondicionarla cuando proceda.
- Prepararla para reutilización.
El reciclaje aparece después, cuando existe una excepción que permite destruir el artículo y entra en juego la jerarquía de tratamiento de residuos.
Parece una diferencia semántica.
Económicamente no lo es.
Una camisa vendida a mitad de precio sigue siendo una camisa.
Una camisa triturada para recuperar fibra ha perdido buena parte del valor económico que se incorporó al tejido, el diseño, la confección, el transporte y la distribución.
La legislación intenta que destruir ese valor deje de ser una salida administrativa ordinaria.
Las marcas ya intentan vender lo que sobra
Esto no significa que hasta ahora todo el excedente terminara quemado.
Más bien lo contrario.
La EEA señala que la mayor parte del producto no vendido ya se revende o sale mediante outlets. El problema aparece con aquella parte para la que esas vías no funcionan o dejan de resultar económicamente atractivas.
Las rebajas son el mecanismo más evidente.
Un artículo que no encontró comprador a 100 euros puede encontrarlo a 70, después a 50. También puede trasladarse a otra tienda o canal donde exista mayor demanda.
Los outlets cumplen desde hace tiempo una función semejante: separar el exceso de la colección principal y darle otro mercado.
Pero ni siquiera esa salida es automática.
H&M creó en 2018 Afound, una plataforma y cadena outlet destinada, entre otras cosas, a vender productos ya fabricados y excedentes de distintas marcas. En 2024 decidió cerrarla. La propia compañía explicó que no encontraba demanda suficiente y que cada vez más marcas preferían utilizar sus propios canales para vender producto rebajado.
El caso resulta útil precisamente porque evita una solución demasiado limpia.
«Mandarlo al outlet» no hace desaparecer el exceso.
Alguien sigue teniendo que querer comprarlo.
Y luego están las devoluciones
El problema se complica con el comercio electrónico.
La EEA estima que alrededor del 20% de la ropa comprada online en Europa se devuelve. En calzado, sitúa la tasa media estimada en torno al 30%.
Una devolución no equivale automáticamente a una prenda perdida. Muchas vuelven a venderse.
Pero el proceso cuesta dinero y tiempo: transporte, clasificación, inspección, reacondicionamiento, reempaquetado, almacenamiento. Para una colección estacional, unas semanas pueden ser suficientes para reducir notablemente el precio al que ese artículo todavía puede encontrar comprador.
Eso ayuda a entender por qué destruir inventario pudo llegar a ser racional desde la estrecha lógica de una cuenta de resultados, aunque resulte difícil justificarlo desde el uso de recursos.
Mantener una prenda dando vueltas por almacenes tampoco es gratis.
Donarla requiere clasificarla y encontrar un receptor.
Repararla cuesta dinero.
Venderla con grandes descuentos puede erosionar márgenes y, para determinadas marcas, interferir con su política de precios.
La nueva regulación no elimina esos costes.
Cambia cuál de ellos puede elegirse.
Destruir sigue siendo posible, pero ya no simplemente porque no se vendió
La prohibición tampoco es absoluta.
La Comisión ha previsto excepciones para artículos peligrosos, productos dañados que no puedan repararse de manera técnica o económicamente viable, determinados problemas legales o de propiedad intelectual y otras situaciones justificadas.
Existe incluso una vía cuando una empresa ha intentado donar producto sin encontrar receptor: la regulación contempla determinadas condiciones para acreditar ese intento antes de autorizar su destrucción.
La diferencia está en la carga de la prueba.
No vender algo deja de ser por sí mismo una explicación suficiente.
Las empresas que utilicen las excepciones tendrán que documentarlas y conservar registros durante cinco años; además, las nuevas obligaciones de divulgación estandarizarán información sobre producto no vendido que termina descartado.
Eso convierte una práctica históricamente opaca en algo más visible.
Y la visibilidad puede cambiar incentivos incluso antes de que una prenda llegue al final de la cadena.
Lo que podría cambiar empieza mucho antes del almacén
Aquí termina lo que sabemos y empieza lo que todavía debe probarse.
La regulación podría hacer más atractivo reducir el excedente desde el origen.
Si desprenderse de lo que sobra se vuelve más difícil o costoso, pronosticar mejor la demanda gana valor. También podrían resultar más interesantes tiradas iniciales menores, reposiciones más rápidas, producción más flexible o sistemas que acerquen la fabricación a la demanda real.
La EEA menciona precisamente la mejora de previsiones y de la gestión de inventario como posibles formas de reducir el producto no vendido. H&M, por ejemplo, ya afirmaba en 2024 que estaba mejorando sus herramientas de previsión y flexibilizando su cadena de suministro. Eso demuestra que ese tipo de prácticas existen; no demuestra que la prohibición europea vaya a generalizarlas ni que vaya a reducir automáticamente la sobreproducción.
Lo mismo ocurre con las preventas, la fabricación bajo pedido, nuevas fórmulas de outlet o una mayor participación de las propias marcas en mercados de segunda mano.
Son desarrollos plausibles.
No son todavía consecuencias demostradas de una norma que acaba de empezar a aplicarse.
Y existe otra posibilidad más sencilla: que durante un tiempo las empresas absorban mayores descuentos, más costes logísticos y más complejidad para redistribuir producto sin modificar sustancialmente cuánto producen.
La ley cambia una salida.
No reescribe automáticamente un modelo de negocio.
El último problema de una colección empieza antes de fabricarla
Hay algo revelador en prohibir la destrucción de ropa que nadie llegó a utilizar.
Obliga a volver la mirada hacia atrás.
Cuando una prenda queda atrapada en un almacén, la decisión que la produjo se tomó mucho antes: alguien estimó una demanda que finalmente no existió.
Hasta ahora, una parte de ese error podía terminar fuera de la vista del consumidor.
A partir del 19 de julio de 2026, para las grandes empresas que operan en la UE, mantener un producto utilizable en circulación deja de ser solamente una opción deseable y se convierte en la regla.
Habrá más descuentos en algunos casos. Más redistribución en otros. Donaciones, reparación o reutilización cuando funcionen. Y seguirán existiendo excepciones en las que destruir sea legal.
Lo que todavía no sabemos es si la presión llegará lo suficientemente atrás en la cadena como para cambiar también cuánto se fabrica.
Ese será el verdadero efecto que habrá que observar.
Porque la regulación puede impedir que una prenda desaparezca al final.
El problema del excedente solo empieza a resolverse cuando hay menos prendas que necesitan desaparecer.

