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Las claves de esta historia en 1:35 min
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El móvil tiene una ventaja como sospechoso: siempre está a mano.
Cuando llegan malos resultados escolares, señalar la pantalla resulta casi automático. Explica de golpe los mensajes breves, las notificaciones y esa supuesta desaparición de la paciencia para leer. Tiene un inconveniente: una explicación convincente no es necesariamente una explicación demostrada.
Los resultados de PISA 2025 dan motivos para preocuparse. España obtuvo 451 puntos en competencia lectora, 23 menos que en 2022. Aproximadamente uno de cada tres estudiantes de quince años quedó por debajo del nivel que la OCDE considera básico. Desde 2015, esa proporción ha aumentado quince puntos porcentuales.
No estamos hablando de adolescentes que hayan olvidado descifrar las palabras. PISA examina qué hacen con ellas: localizar información, reconocer ideas, relacionar partes de un texto, interpretarlo y evaluar lo que contiene. Leer una frase y entender lo que significa siguen siendo actividades distintas.
El descenso se observa también en numerosos países. Identificar al responsable, en cambio, resulta bastante más complicado que encontrarlo en un bolsillo.
El círculo que no aparece en los titulares
Ante una caída de comprensión, el consejo parece obvio: que lean más.
Hay motivos para recomendar la lectura, pero la relación tiene una trampa. Los jóvenes que comprenden mejor también pueden encontrar más placer en leer y, por eso, hacerlo con mayor frecuencia. Si cuesta seguir un texto, es más difícil que apetezca volver a intentarlo.
Un seguimiento de escolares finlandeses desde los siete hasta los dieciséis años encontró precisamente ese movimiento en las dos direcciones. Al principio, las mejores habilidades lectoras predecían una mayor práctica posterior; más adelante, dedicar más tiempo a leer por ocio —especialmente libros— se relacionaba con mejoras posteriores de comprensión.
Comprender mejor puede favorecer que leamos más. Y determinadas prácticas lectoras pueden ayudarnos a comprender mejor.
No basta, por tanto, con contar libros. Interesan la dificultad, el tipo de texto y lo que el lector logra hacer con él.
Leer mensajes, subtítulos, una conversación en un grupo y un ensayo son actividades distintas. Comprender una explicación larga exige mantener ideas en la memoria, conectar argumentos y deducir relaciones que no siempre se escriben de forma explícita.
Y esas operaciones no empiezan de cero cada vez que abrimos una página.
La información que el texto no trae
«La inflación baja, pero los precios siguen subiendo».
Las palabras son sencillas. La aparente contradicción desaparece si sabemos que la inflación mide el ritmo al que aumentan los precios. Para comprender la frase necesitamos algo que no está explicado dentro de ella.
Así funciona buena parte de la lectura exigente.
El vocabulario, los conocimientos previos y la capacidad de hacer inferencias permiten entender lo que un texto no explica desde el principio.
La escuela tiene un papel decisivo ahí. En ciencias y en historia no basta con repartir páginas: hay que trabajar conceptos, vocabulario y maneras de interpretar explicaciones propias de cada materia. Intervenciones educativas evaluadas experimentalmente han conseguido mejorar la comprensión y el aprendizaje de contenidos mediante ese trabajo explícito.
También cuenta lo que ocurre fuera del aula: las oportunidades de leer, conversar sobre lo leído, acceder a materiales y recibir apoyo no están repartidas por igual entre las familias.
Todo esto ayuda a comprender cómo se desarrolla la competencia lectora.
Pero queda una pregunta incómoda: ¿qué cambió en España para que los resultados empeoraran tanto?
Sabemos que determinadas prácticas ayudan a aprender. Lo que falta es demostrar cuáles han cambiado, cuánto lo han hecho y qué parte de la caída puede atribuirse a esos cambios.
Conocer cómo se aprende a comprender no significa haber identificado todavía la causa de un descenso nacional.
La pantalla no es una coartada ni una sentencia
La tecnología merece estar entre las preguntas. Lo que no merece es recibir la respuesta por adelantado.
Cuando se compara el mismo texto en papel y pantalla, los experimentos encuentran una pequeña ventaja media del papel en determinadas tareas, especialmente con textos informativos. En los narrativos, esa diferencia no aparece de forma consistente. Importan también el dispositivo y la manera de desplazarse por el contenido.
Una pantalla puede alojar un libro, un documento técnico o una cadena de vídeos. Hablar de «lectura digital» como si fuera una sola actividad borra diferencias esenciales.
Una revisión sobre lectura recreativa digital encontró una relación positiva muy débil con la comprensión. También hay investigaciones recientes, como una realizada en Italia, que relacionan el inicio temprano en redes sociales con peores resultados posteriores en algunas materias.
Son señales que merecen estudiarse, no un veredicto sobre el origen del descenso español.
Un experimento puede medir qué cambia al leer un texto en dos soportes. No puede explicar, por sí solo, la evolución de una generación.
La pandemia tampoco resuelve el misterio. Hubo pérdidas de aprendizaje documentadas, aunque desiguales según materias y centros. Pero las dificultades lectoras ya habían aparecido antes de los cierres escolares, y los resultados volvieron a caer entre 2022 y 2025.
El problema no cabe en una sola causa. Tampoco se arreglará eligiendo una por votación.
Tres edades, tres fotografías
Si toda la sociedad estuviera perdiendo capacidad de comprender, esperaríamos encontrar algo parecido a cualquier edad. Los datos no muestran eso.
En Primaria, la evaluación PIRLS registró un retroceso español entre 2016 y 2021. Entre adolescentes, el deterioro de PISA es muy marcado. Pero las competencias lectoras medias de los adultos españoles permanecieron aproximadamente estables entre 2011-12 y 2022-23, según PIAAC.
Estabilidad no significa buen nivel: cerca de un tercio de los adultos se encuentra en los tramos más bajos de competencia lectora.
Son pruebas, poblaciones y periodos diferentes. No se pueden alinear como si fueran la misma serie. Sí permiten cuestionar la idea cómoda de que cada generación entiende menos que la anterior.
La OCDE añade una cautela sobre PISA 2025: aumentaron las exclusiones de estudiantes de la muestra española, algo que podría sesgar al alza el resultado. Considera válida la comparación nacional, pero conviene no tratar la magnitud de la caída como una fotografía perfecta.
La señal es seria. La caricatura generacional, prescindible.
Lo que cuesta no entender
En clase, la comprensión permite aprender mucho más que Lengua. Un enunciado de matemáticas, una explicación de ciencias o un capítulo de historia dependen de saber distinguir lo importante y conectar información. Los estudios longitudinales también relacionan la comprensión y la experiencia lectora tempranas con el desarrollo posterior del vocabulario.
Fuera de clase, los textos empiezan a tener otras consecuencias.
Un contrato puede incluir una excepción que cambia el alcance de una obligación. Una comunicación administrativa exige localizar un plazo entre párrafos. Una instrucción sanitaria puede distinguir entre una recomendación general y una condición particular.
Entender cada palabra no garantiza haber interpretado el conjunto.
Y cuando la interpretación falla, puede resultar más difícil saber qué nos están pidiendo, a qué tenemos derecho o qué implica una decisión.
Las competencias lectoras adultas se asocian con oportunidades educativas y resultados sociales. Eso no autoriza a predecir el sueldo, el trabajo o las decisiones de un adolescente por su puntuación actual. Pero ayuda a entender por qué preocupa una dificultad que puede reducir oportunidades de aprendizaje.
Incluso navegar entre noticias exige varios pasos. Comprender lo que dice una información ayuda a examinarla; decidir si es fiable, creerla o compartirla son decisiones diferentes. Es una distinción que también exploramos en Una mentira no necesita convencernos para seguir circulando.
La caída de comprensión lectora no demuestra que se estén difundiendo más falsedades. Pero recuerda que nuestra relación con la información requiere habilidades diferentes, y que unas no sustituyen a las otras.
La cuestión, entonces, no es cuántas palabras pasan cada día delante de los ojos de un adolescente. Es cuántas oportunidades tiene de enfrentarse a textos que le exigen conectar, preguntar, aprender y volver sobre lo que no ha entendido.
En clase, interpretar mal un párrafo puede costar una pregunta del examen. Fuera de ella, las palabras también llegan con plazos, condiciones y consecuencias.
Los textos no se vuelven más sencillos cuando dejamos de examinarnos sobre ellos.
Fuentes y referencias
- PISA 2025 Results (Volume I): Spain
- Leisure Reading (But Not Any Kind) and Reading Comprehension Support Each Other—A Longitudinal Study Across Grades 1 and 9
- The Efficacy of a Content Area Reading Comprehension Intervention for Students With Disabilities
- Reading from paper compared to screens: A systematic review and meta-analysis
- Do New Forms of Reading Pay Off? A Meta-Analysis on the Relationship Between Leisure Digital Reading Habits and Text Comprehension
- Decoding digital reading: a network meta-analysis of comprehension across devices
- Longitudinal effect of early social media use on standardized learning outcomes during school career
- Learning loss one year after school closures: evidence from the Basque Country
- PIRLS 2021 — Informe español
- Survey of Adults Skills 2023: Spain
- Matthew effects in young readers: reading comprehension and reading experience aid vocabulary development


