Una mentira no necesita convencernos para seguir circulando

Podemos reconocer que una noticia es dudosa y aun así contribuir a difundirla. La investigación muestra que evaluar su veracidad, reaccionar ante ella y compartirla son decisiones distintas. Entre la atención, los hábitos y las recompensas sociales, una falsedad puede encontrar nuevos destinatarios sin haber convencido a todos los que la transmiten.


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Las claves de esta historia en 1:34 min

Resumen generado con IA y revisado por WHAT FOLLOWS.

Dos personas se pasan una hoja impresa sobre una mesa mientras otra permanece al fondo junto a un portátil.
Imagen conceptual: WHAT FOLLOWS / generada con IA. Fotografía conceptual generada específicamente para WHAT FOLLOWS mediante OpenAI ImageGen.

Hay algo extraño en el botón «Compartir»: nos permite enviar una información a otras personas sin haber respondido antes a una pregunta bastante elemental.

¿Es verdad?

Podemos compartir algo porque lo creemos. Pero también porque nos indigna, porque queremos criticarlo, porque encaja con una discusión o porque simplemente nos ha llamado la atención.

Y existe otra posibilidad: que ni siquiera nos hayamos detenido a pensar si es cierto.

El resultado visible puede ser exactamente el mismo. La información llega a otra pantalla, aunque quien la ha enviado no necesariamente esté convencido de ella.

Esta diferencia ayuda a entender uno de los hallazgos más interesantes de la investigación reciente sobre noticias falsas.

En 2021, Gordon Pennycook y sus colaboradores demostraron que un recordatorio muy sencillo podía modificar lo que las personas compartían en internet.

Antes de pedirles que decidieran qué noticias difundirían, introdujeron una pregunta sobre la exactitud de la información.

No les proporcionaron una formación extensa ni verificaron por ellos cada noticia. Sencillamente, consiguieron que la veracidad estuviera más presente en el momento de decidir.

En los experimentos, mejoró la calidad de las noticias que los participantes decían que compartirían. Un ensayo de campo en Twitter encontró también mejoras en los contenidos efectivamente difundidos.

El efecto fue limitado, pero revelador.

Parte de lo que compartimos depende de qué estamos valorando cuando pulsamos el botón.

Eso cambia la manera de entender el problema.

Una mentira puede seguir circulando sin que todas las personas que participan en su difusión la hayan aceptado como verdadera.

Sabemos distinguir más de lo que parece

Solemos hablar de las noticias falsas como si su éxito demostrara una incapacidad general para reconocer la verdad.

La investigación ofrece un panorama más complejo.

En 2025, una gran revisión científica dirigida por Pfänder y Altay reunió investigaciones realizadas en cuarenta países para estudiar hasta qué punto las personas distinguían noticias verdaderas de falsas.

Cuando se les pedía expresamente evaluar la exactitud, los participantes diferenciaban bastante bien unas de otras.

Incluso apareció un resultado menos esperado: los errores se inclinaban ligeramente más hacia desconfiar de noticias verdaderas que hacia aceptar noticias falsas.

Eso no convierte a nadie en un detector infalible de engaños.

En aquellos experimentos, las personas estaban concentradas en juzgar la veracidad. En la vida cotidiana, una noticia aparece entre mensajes personales, vídeos, discusiones, publicidad y publicaciones de toda clase.

La pregunta que domina nuestra atención puede ser muy distinta.

¿Me interesa?

¿Me sorprende?

¿Estoy de acuerdo?

¿Quiero que mis contactos vean esto?

En esas condiciones, la exactitud compite con otras motivaciones.

Y ahí aparece una distinción fundamental.

Ver una noticia, creerla, compartirla y cambiar nuestro comportamiento a partir de ella son cuatro acontecimientos diferentes.

Diagrama que separa ver, creer, compartir y cambiar una conducta, y señala que compartir mide difusión, no creencia ni efectos.
Gráfico: WHAT FOLLOWS. Composición gráfica editorial original de WHAT FOLLOWS.

Una publicación puede alcanzar a miles de personas sin convencerlas. Puede ser considerada verdadera sin que nadie la reenvíe. También puede circular ampliamente y tener un efecto muy limitado fuera de la pantalla.

El número de compartidos mide difusión.

Para conocer la creencia o las consecuencias necesitamos otras evidencias.

Compartir también es una conducta social

Una red social no nos pide constantemente que evaluemos la calidad de lo que publicamos.

También nos invita a participar.

Compartir algo puede expresar pertenencia, desacuerdo, indignación o interés. Y repetir ese gesto muchas veces puede convertirlo en una costumbre.

En 2023, Gizem Ceylan y sus colaboradores estudiaron cómo los hábitos y las recompensas sociales influían en la difusión de información falsa.

Observaron que quienes tenían hábitos más intensos de compartir podían seguir transmitiendo contenidos de baja calidad incluso cuando la exactitud no favorecía hacerlo.

Pero al modificar las recompensas para favorecer las publicaciones precisas, el comportamiento también cambiaba.

El hallazgo desplaza parte del problema desde las creencias individuales hacia el entorno en el que se toman las decisiones.

No todo depende de si alguien sabe distinguir una noticia falsa. Importa también qué tipo de comportamiento se ha acostumbrado a repetir y qué obtiene socialmente al hacerlo.

La identidad puede añadir otra motivación.

En España, Manuel Goyanes investigó la difusión de noticias falsas por WhatsApp mediante un panel de personas entrevistadas en dos momentos diferentes.

Encontró que considerar legítimo utilizar información falsa contra adversarios políticos se relacionaba con una mayor declaración posterior de haber compartido ese tipo de contenidos.

La relación era modesta y el estudio se basaba en respuestas de los participantes, no en una observación directa de sus mensajes. Tampoco establecía que aquella actitud causara la difusión.

Pero apunta hacia una posibilidad importante: en determinadas conversaciones, un mensaje puede adquirir valor por su utilidad para defender una posición o atacar otra, independientemente de su exactitud.

Eso ayuda a comprender por qué conviene distinguir entre compartir información errónea sin intención de engañar y difundir deliberadamente un contenido que se sabe falso.

Ambas conductas existen.

Lo que sabemos sobre su frecuencia todavía es insuficiente para afirmar que la mayoría de las personas comparte mentiras conscientemente.

Y tampoco podemos reducir todo el proceso a una decisión individual.

Las plataformas influyen en qué contenidos encontramos y en qué comportamientos reciben atención. Pero sus diseños, sus públicos y sus efectos son diferentes. No existe una explicación algorítmica única para toda la circulación de información falsa.

Lo que hace una noticia cuando vuelve a aparecer

Hasta aquí hemos observado el momento de compartir.

Pero cada reenvío puede producir algo más sencillo: una nueva oportunidad de encontrarse con el mismo mensaje.

Y la repetición tiene efectos propios.

Una revisión científica publicada en 2026 por Ye y sus colaboradores confirmó la existencia de un fenómeno conocido como efecto de verdad ilusoria.

Cuando una afirmación se repite, las personas tienden, en promedio, a considerarla algo más verdadera posteriormente.

El efecto es pequeño, pero suficientemente consistente para merecer atención.

La familiaridad puede modificar nuestros juicios incluso aunque no hayamos recibido nuevas pruebas sobre el contenido.

Eso introduce una complicación.

Una información puede seguir circulando sin haber convencido a quienes la transmiten y, al mismo tiempo, volverse cada vez más familiar para quienes la encuentran.

Pero familiaridad y persuasión siguen siendo cosas distintas.

Que una afirmación repetida parezca algo más creíble no demuestra que haya cambiado una decisión política, sanitaria o personal.

Para comprender esas consecuencias necesitamos observar otro elemento: hasta dónde llega el contenido y qué efecto produce en quienes lo reciben.

Una investigación sobre Facebook y las vacunas contra la COVID-19 permite ver por qué esa diferencia importa.

Jennifer Allen, Duncan Watts y David Rand estudiaron publicaciones difundidas durante los primeros meses de 2021.

Los contenidos identificados por verificadores como desinformación podían reducir de forma importante la intención de vacunarse de quienes los leían. Pero su alcance era relativamente pequeño.

Otros artículos que promovían escepticismo sobre las vacunas, sin estar clasificados como falsos, llegaron a audiencias mucho mayores.

Algunos podían contener hechos ciertos y, sin embargo, presentarlos de una manera capaz de generar una impresión desproporcionada del riesgo.

Cuando los investigadores combinaron los datos de exposición con sus experimentos sobre intención de vacunación, estimaron que el impacto agregado de esos contenidos podía ser 46 veces superior al de la desinformación formalmente identificada.

No habían medido cuántas personas dejaron efectivamente de vacunarse por cada noticia. La cifra era una estimación de impacto sobre intenciones, construida a partir del alcance observado y de resultados experimentales.

Aun así, el hallazgo es importante.

El contenido más problemático para comprender una situación no siempre es el más abiertamente falso.

Una información verdadera, seleccionada o presentada sin el contexto necesario, también puede producir una imagen engañosa de la realidad.

Y un contenido relativamente poco persuasivo para cada individuo puede adquirir relevancia al alcanzar a una audiencia enorme.

La repetición modifica familiaridad.

La distribución determina a cuántas personas llega algo.

El efecto depende, además, de qué produce ese contenido en quienes lo reciben.

Son tres dimensiones relacionadas, pero diferentes.

El peligro de desconfiar de todo

Si una falsedad puede circular sin convencer y ganar familiaridad mediante la repetición, corregirla parece una respuesta evidente.

Y las rectificaciones pueden funcionar.

Pero hay una consecuencia menos intuitiva que también merece atención.

En 2024, Hoes y sus colaboradores examinaron distintas intervenciones contra la desinformación.

Encontraron que algunas reducían las percepciones erróneas, pero también aumentaban el escepticismo hacia información verdadera.

Es una tensión delicada.

Una intervención puede ayudar a reconocer falsedades y, al mismo tiempo, hacer que ciertas personas desconfíen más de contenidos que merecerían credibilidad.

El resultado no demuestra que desmentir sea contraproducente en general. Mucho menos que repetir una falsedad para corregirla inevitablemente la fortalezca.

Lo que muestra es que combatir información falsa exige prestar atención a algo más que el número de errores que conseguimos reducir.

También importa qué relación con la información estamos favoreciendo.

Porque una persona que termina sospechando de todo puede encontrarse con una dificultad diferente de quien acepta demasiadas falsedades.

La investigación ofrece, además, un contrapunto interesante.

En un experimento de campo realizado en Francia y Alemania, investigadores pidieron a usuarios de Instagram y WhatsApp que siguieran durante dos semanas determinadas fuentes informativas fiables.

La intervención mejoró el conocimiento sobre la actualidad, la capacidad de distinguir noticias verdaderas de falsas y la confianza en los medios.

No significa que cualquier cuenta periodística produzca automáticamente esos resultados.

Pero muestra otra vía posible: además de identificar y corregir contenidos engañosos, podemos mejorar la calidad de aquello que las personas reciben.

La respuesta a la desinformación no depende únicamente de retirar, advertir o desmentir.

También de conseguir que la información fiable encuentre espacio para circular.

Lo que realmente compartimos

Una noticia puede pasar de una persona a otra por motivos muy distintos.

Convicción.

Indignación.

Costumbre.

Pertenencia.

Interés.

Incluso desacuerdo.

Desde fuera, todos esos movimientos pueden parecer lo mismo: una publicación que gana alcance.

Pero compartir es un comportamiento social, no un examen de veracidad ni una declaración inequívoca de confianza.

Esto no elimina la responsabilidad de quienes fabrican engaños o los difunden deliberadamente. Tampoco convierte cada reenvío en un acto inocente.

Simplemente permite comprender mejor dónde se produce el problema.

Hay formas de mejorar nuestras decisiones: prestar atención a la exactitud, modificar ciertos incentivos, corregir errores o facilitar el acceso a información fiable.

Ninguna resuelve por sí sola todas las etapas de la circulación.

Y quizá el mayor cambio consista en abandonar la imagen de una sociedad dividida entre quienes engañan y quienes se creen cualquier cosa.

Entre ambos hay una enorme cantidad de decisiones cotidianas sobre qué merece nuestra atención y qué queremos transmitir a los demás.

La verdad importa para comprender el mundo.

El problema es que compartir una información no siempre es una decisión sobre si esa información describe bien el mundo.

A veces estamos haciendo otra cosa.

Y mientras lo hacemos, el mensaje sigue circulando.

Fuentes y referencias

  1. Shifting attention to accuracy can reduce misinformation online Pennycook et al. · 2021
  2. Spotting false news and doubting true news: a systematic review and meta-analysis of news judgements Pfänder & Altay · 2025
  3. Sharing of misinformation is habitual, not just lazy or biased Ceylan, Anderson & Wood · 2023
  4. From Lack of Concerns to Complicity: How Misinformation Concerns Influences Fake News Sharing on WhatsApp via the Partisan Legitimation of Fake News Goyanes · 2025
  5. Systematic review and meta-analysis of the evidence for an illusory truth effect and its determinants Ye et al. · 2026
  6. Quantifying the impact of misinformation and vaccine-skeptical content on Facebook Allen, Watts & Rand · 2024
  7. Prominent misinformation interventions reduce misperceptions but increase scepticism Hoes et al. · 2024
  8. Following news on social media boosts knowledge, belief accuracy and trust Altay, Hoes & Wojcieszak · 2025

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