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Las claves de esta historia en 1:37 min
Resumen generado con IA y revisado por WHAT FOLLOWS.
En 2006, alrededor de uno de cada cinco europeos de un grupo de 21 países de la OCDE decía ver a sus amigos todos los días.
En 2022 era aproximadamente uno de cada ocho.
Con la familia que vivía fuera del hogar ocurrió algo parecido: los encuentros diarios pasaron del 17% al 11%.
Mientras tanto, el movimiento contrario sucedía a distancia. El contacto diario con familiares por teléfono, mensajes, internet o redes sociales subió del 23% al 29%; con amigos, del 24% al 28%. Son promedios de los mismos 21 países europeos, medidos en 2006, 2015 y 2022.
Algo ha cambiado.
Lo difícil empieza al intentar ponerle nombre.
Decir que “hablamos más y nos vemos menos” resulta tentador. La segunda mitad está bien documentada. La primera necesita una precisión: sabemos que una proporción mayor de personas mantiene contacto remoto diariamente, no que el número total de conversaciones, mensajes o relaciones haya aumentado.
Puede que hablemos más. Puede que simplemente hayamos trasladado una parte de la conversación.
Los datos no permiten elegir todavía entre ambas cosas.
La distancia se ha vuelto cotidiana
Un informe de la OCDE publicado en octubre de 2025 permite observar con bastante claridad ese desplazamiento. Sus datos proceden de distintas encuestas internacionales realizadas principalmente entre 2022 y 2023; para el análisis europeo utiliza, entre otras fuentes, el módulo de calidad de vida de EU-SILC de 2022.
En 23 países europeos de la OCDE, el 72% de las personas decía mantener contacto al menos semanal con familiares que no vivían con ellas mediante teléfono, mensajes, cartas o internet. Con los amigos, el porcentaje era del 68%.
Los encuentros presenciales eran menos frecuentes: el 45% se reunía semanalmente con familiares y el 47% con amigos. La encuesta no considera que poner un “me gusta” en una fotografía sea contacto: exige algún tipo de conversación escrita o verbal.
Eso importa porque la diferencia no parece ser únicamente una resaca de la pandemia.
La caída de los encuentros presenciales ya estaba en marcha mucho antes de 2020. Entre 2006 y 2015, antes del confinamiento, el porcentaje que veía diariamente a sus amigos había bajado del 21% al 16%; con la familia, del 17% al 15%.
En esos mismos años ya estaba aumentando el contacto remoto.
La pandemia pudo acelerar, distorsionar o prolongar algunos comportamientos, y los propios autores recomiendan cautela con los datos de 2022. Pero no creó desde cero la dirección del cambio.
Nos veíamos menos antes de Zoom.
Verse menos no equivale a estar solo
Aquí aparece una confusión frecuente.
Contacto presencial, contacto remoto, aislamiento social, soledad, apoyo social y calidad de las relaciones no son distintas palabras para medir lo mismo.
Una persona puede vivir sola y no sentirse sola. Puede ver a mucha gente y no tener a quién llamar cuando algo va mal. Puede intercambiar mensajes a diario y sentirse aislada. También puede encontrarse poco con sus amigos y conservar relaciones que considera sólidas.
Los datos de la OCDE reflejan precisamente esa falta de equivalencia.
En 2022, un 8% de la población de 22 países europeos analizados declaraba no tener ningún amigo cercano. En otra medición, entre el 3% y el 11% de la población de 25 países de la OCDE decía haberse sentido sola la mayor parte o todo el tiempo durante las cuatro semanas anteriores; la media era del 6%. Y, en el conjunto de países con datos comparables, alrededor del 90% afirmaba disponer de alguien en quien apoyarse cuando lo necesitaba.
Son fenómenos relacionados, pero no intercambiables.
De hecho, cuando la OCDE cruza la frecuencia con la que una persona ve o contacta a amigos y familiares con indicadores como soledad, apoyo percibido o satisfacción con sus relaciones, encuentra correlaciones débiles.
Eso tampoco demuestra que dé igual verse cara a cara o intercambiar mensajes.
Una correlación débil no convierte ambos tipos de contacto en sustitutos perfectos. Lo que indica es algo más modesto:
Contar encuentros no basta para describir la calidad de una vida social.
Tampoco estamos ante una historia tranquilizadora
Sería fácil ir demasiado lejos en la dirección opuesta.
Si la mayoría conserva personas cercanas y el contacto digital ayuda a mantener relaciones, podríamos concluir que simplemente hemos cambiado de canal y no ha pasado gran cosa.
Los datos tampoco permiten eso.
Entre 2018 y 2022, en 22 países europeos de la OCDE, la proporción que decía sentirse sola la mayor parte o todo el tiempo apenas cambió: pasó del 5,7% al 5,8%, una diferencia que no resultó estadísticamente significativa.
Pero por debajo de esa cifra estable había movimiento.
La proporción que dijo no haberse sentido sola nunca durante las cuatro semanas anteriores cayó del 59% al 51%, mientras aumentaban quienes se habían sentido solos “un poco” o “parte del tiempo”. La OCDE interpreta esas variaciones como posibles señales tempranas de deterioro, aunque no basten para hablar de un gran aumento de la soledad intensa.
El apoyo social también muestra una erosión pequeña.
En 22 países europeos, el porcentaje de personas que creía que no podría conseguir ayuda de amigos o familiares si la necesitaba pasó del 6,0% en 2013 al 6,7% en 2022. En otra fuente utilizada por la OCDE, que cubre sus 38 países, la población sin amigos o familiares en quienes apoyarse pasó del 8,9% en 2017–2019 al 9,6% en 2022–2023.
No es un derrumbe.
Tampoco es exactamente estabilidad.
Y las medias esconden diferencias importantes. Los jóvenes aparecen repetidamente entre los grupos con mayores deterioros recientes en apoyo, satisfacción con las relaciones y algunos indicadores de soledad.
La explicación sencilla tiene un problema
Es tentador mirar alrededor y señalar al sospechoso más visible.
El smartphone.
O las redes sociales.
O el teletrabajo.
Todos podrían formar parte de la historia. La comunicación digital se volvió más accesible justo durante el periodo en que crecieron los contactos remotos, y la propia OCDE considera probable que esa accesibilidad haya contribuido al cambio.
Pero los datos utilizados aquí no demuestran una cadena causal simple.
No permiten decir que los teléfonos hayan hecho que dejemos de vernos.
Mucho menos que el teletrabajo explique una tendencia que ya era visible desde 2006.
Hay otras transformaciones que podrían intervenir: familias más dispersas geográficamente, agendas distintas, cambios en las formas de convivencia, urbanización, envejecimiento, movilidad o maneras diferentes de organizar el ocio. El informe no permite repartir porcentajes de responsabilidad entre ellas.
Y quizá esa búsqueda de un culpable único esté haciendo la pregunta equivocada.
Porque la transformación observable no consiste en que hayamos sustituido la vida social por la vida digital.
Consiste en que una parte mayor de nuestras relaciones transcurre ahora entre presencia y distancia.
Entre un encuentro y el siguiente
Los datos no permiten reconstruir cómo vivía cada persona sus relaciones antes de los mensajes instantáneos ni sostener una gran comparación histórica.
Sí permiten observar algo mucho más concreto hoy.
Una relación puede mantenerse activa entre dos encuentros presenciales mediante conversaciones breves, mensajes, audios o llamadas. La encuesta de la OCDE cuenta precisamente ese contacto remoto cuando existe comunicación escrita o verbal, no la simple exposición a las publicaciones de otra persona.
Esa continuidad cotidiana ayuda a entender por qué frecuencia presencial y percepción de apoyo no se mueven necesariamente juntas.
También muestra el límite de medir una relación contando contactos.
Dos personas que intercambian mensajes cada día pueden aparecer como contactos muy frecuentes aunque lleven meses sin compartir tiempo en el mismo lugar. Dos amigos que se ven una vez al mes y pasan horas juntos pueden aparecer como menos conectados.
¿Cuál de las dos relaciones es mejor?
La frecuencia no puede responder.
Por eso la conversación sobre la soledad no puede reducir toda la vida social a cuánto vemos a otras personas ni, en la dirección contraria, a cuántos mensajes recibimos.
Las relaciones cumplen funciones.
Acompañan. Ayudan. Dan pertenencia. Permiten confiar. Algunas formas de apoyo necesitan presencia física; otras pueden mantenerse también a distancia.
La cuestión relevante no es únicamente cuánto contacto existe, sino qué tipo de relación consigue sostener ese contacto.
Nos vemos menos. Lo demás sigue abierto
Hay una historia sólida detrás de aquella intuición inicial.
En una parte amplia de Europa, los encuentros frecuentes con amigos y familiares han disminuido desde mediados de los años 2000. Durante el mismo periodo, el contacto remoto diario ha aumentado.
Eso sí podemos decirlo.
Lo que viene después es bastante menos cómodo.
No sabemos que el volumen total de comunicación sea mayor. No podemos convertir la pérdida de encuentros presenciales en una explicación automática de la soledad. Tampoco podemos mirar unas cifras todavía elevadas de apoyo social y concluir que el cambio de modalidad no tiene consecuencias.
Los indicadores cualitativos ofrecen una imagen intermedia: la mayor parte de la población declara conservar apoyos, mientras aparecen pequeñas señales de deterioro que no afectan a todos por igual.
Quizá esa sea la transformación que merece seguirse.
Una parte mayor de nuestro contacto social ocurre a distancia, mientras todavía intentamos entender qué conserva, qué sustituye y qué puede perderse cuando cambia la forma de estar juntos.

