Escucha el resumen
Las claves de esta historia en 1:39 min
Resumen generado con IA y revisado por WHAT FOLLOWS.
La vida de un niño está llena de pequeñas anticipaciones.
Quién suele recogerlo del colegio. Qué ocurre cuando llega la hora de acostarse. Cómo reaccionan las personas que lo cuidan cuando necesita algo o se equivoca.
No hace falta que todos los días sean iguales. Basta con que algunas cosas se repitan para que la experiencia de ayer ayude a entender lo que probablemente sucederá mañana.
Pero ¿qué ocurre cuando esas regularidades son difíciles de encontrar?
Tal vez cambian continuamente los horarios o las personas que viven en casa. Tal vez un cuidador responde de maneras muy distintas ante situaciones parecidas. O quizá la familia atraviesa una sucesión de mudanzas y cambios que alteran su organización cotidiana.
Son experiencias diferentes. Comparten, en distinta medida, una dificultad: anticipar qué viene después.
En 2023, un grupo de investigadores quiso averiguar si la imprevisibilidad que los niños percibían en su entorno estaba relacionada con su manera de explorar.
Para estudiarlo utilizaron tareas de decisión.
En una de ellas, llamada Horizon, los participantes debían elegir entre opciones que proporcionaban recompensas. De una sabían más que de la otra. Elegir la menos conocida podía resultar útil porque permitía obtener información para futuras decisiones.
Los investigadores variaban cuántas elecciones quedaban por delante. Así podían observar cuándo los niños exploraban para aprender algo nuevo y cuándo elegían basándose en la información que ya tenían.
Participaron niños de entre diez y trece años. El estudio presencial incluyó esta tarea y otra diferente, llamada Orchard. Una segunda muestra online sirvió para replicar los resultados de Horizon.
En Horizon apareció una asociación: los niños que declaraban mayor imprevisibilidad en su entorno tendían a buscar menos información mediante la exploración.
Pero la otra tarea produjo un resultado diferente.
En Orchard, los participantes recogían manzanas de árboles virtuales y debían decidir cuándo abandonar uno para desplazarse a otro. La producción disminuía progresivamente y cambiar de árbol tenía un coste.
Los niños ajustaban sus decisiones a ese coste. Sin embargo, la imprevisibilidad infantil declarada no se relacionó significativamente con la decisión de cambiar de árbol.
En un ejercicio apareció menos búsqueda estratégica de información. En el otro, esa asociación no se observó.
La diferencia es importante.
Porque comprender qué aprende un niño en un entorno imprevisible exige empezar por reconocer que no parece existir una única respuesta ante la incertidumbre.
Cuando las reglas cambian
Aprender consiste, en parte, en descubrir regularidades.
Que ciertas acciones producen determinados resultados. Que algunos acontecimientos suelen seguir a otros. Que lo ocurrido ayer puede ofrecer pistas sobre mañana.
En la infancia, muchas de esas regularidades proceden de la vida cotidiana.
Pero la investigación utiliza la palabra imprevisibilidad para describir experiencias que conviene distinguir.
Una es la inconsistencia en las respuestas de los cuidadores: variaciones en la manera de atender, responder o establecer determinadas pautas.
Otra es la inestabilidad estructural: cambios de residencia, empleo de los progenitores, convivencia o composición del hogar.
También se estudia el caos doméstico, que puede incluir ruido, desorden, ausencia de rutinas y una organización difícil de anticipar.
Estas dimensiones pueden coincidir, pero no son equivalentes.
Una familia puede atravesar dificultades económicas o cambios importantes y mantener relaciones de cuidado consistentes. También puede existir estabilidad material sin que todas las interacciones cotidianas resulten previsibles.
Por eso no basta con saber cuántas veces se ha mudado un niño para describir cómo responden sus cuidadores. Ni observar respuestas parentales inconsistentes permite reconstruir automáticamente todas las condiciones de su hogar.
La dificultad científica consiste precisamente en separar experiencias que en la vida real suelen aparecer mezcladas.
Lo que importa entre una señal y la siguiente
En 2017, una investigación dirigida por Elysia Davis estudió una dimensión muy concreta de la previsibilidad: las secuencias de señales sensoriales durante las interacciones entre madres y bebés.
El equipo observó a 128 parejas de madres e hijos cuando los niños tenían aproximadamente un año.
No se limitó a contar cuánto hablaban las madres o cuántas veces tocaban a sus bebés.
Analizó el orden en que aparecían distintas señales —como vocalizaciones, contacto físico y estímulos visuales— y la previsibilidad de las transiciones entre unas y otras.
Después evaluó el desarrollo cognitivo infantil.
Una mayor imprevisibilidad de esas secuencias se asoció con puntuaciones cognitivas más bajas a los dos años y, en una submuestra evaluada a los seis años y medio, con peores resultados de recuerdo diferido.
El estudio incluía también investigación con ratas. Allí los científicos pudieron modificar experimentalmente condiciones ambientales que alteraban los patrones de cuidado materno y observaron diferencias posteriores en memoria espacial.
La combinación de ambas investigaciones permite estudiar un mecanismo difícil de aislar en seres humanos.
Pero la distinción entre ellas es fundamental: la evidencia humana fue observacional; la manipulación experimental se realizó en animales.
El trabajo aporta indicios de que el orden y la previsibilidad de determinadas experiencias sensoriales pueden ser relevantes para el desarrollo cognitivo.
No establece que un cuidador imprevisible provoque necesariamente dificultades de aprendizaje. Mucho menos que configure de manera permanente el cerebro infantil para detectar amenazas.
Lo interesante es que introduce una variable que puede pasar inadvertida cuando solo observamos cuánto cuidado recibe un niño: la regularidad de las señales que forman parte de ese cuidado.
La incertidumbre no produce una sola conducta
Volvamos al experimento de los árboles y las recompensas.
Una posible explicación de la menor búsqueda de información observada en Horizon es que las experiencias de un entorno cambiante estén relacionadas con cómo se valora la utilidad de explorar.
Aprender algo nuevo tiene ventajas cuando ese conocimiento puede utilizarse más adelante.
Si el entorno resulta difícil de anticipar, la relación entre explorar hoy y obtener un beneficio mañana podría ser distinta.
Es una hipótesis plausible. El experimento no demuestra que esa sea la causa.
Y los resultados de Orchard obligan a mantener abierta la interpretación: la asociación no apareció cuando explorar consistía en decidir si convenía abandonar un recurso.
Otras investigaciones muestran respuestas aparentemente diferentes.
Jenalee Doom y sus colaboradores estudiaron de manera longitudinal la imprevisibilidad estructural durante la infancia, utilizando cambios de residencia, convivencia y ocupación parental.
Encontraron asociaciones con más conductas externalizantes y consumo de sustancias a los dieciséis años. También observaron una relación indirecta con determinados comportamientos a los veintitrés a través de las conductas adolescentes, aunque la asociación directa ajustada a esa edad no fue significativa.
Una investigación de Kalsea Koss y sus colaboradores, basada en una cohorte estadounidense de nacimiento, examinó distintas dimensiones de imprevisibilidad ambiental registradas durante la infancia.
A los quince años aparecieron asociaciones con síntomas depresivos, ansiedad, impulsividad y problemas externalizantes, entre otros resultados.
Estos hallazgos complican cualquier explicación sencilla.
Menos búsqueda estratégica de información en una tarea experimental.
Más impulsividad o conductas externalizantes en determinados estudios longitudinales.
Ambos resultados pueden coexistir porque describen conductas, edades y experiencias distintas.
Un niño puede mostrar una determinada estrategia en un juego sin que eso permita anticipar cómo actuará años después en sus relaciones sociales, ante un conflicto o frente a un riesgo.
La investigación todavía no ha demostrado que todas esas respuestas procedan de un mismo mecanismo de adaptación.
Y esa falta de una explicación única también es un resultado relevante.
Lo que aparece en la consulta
La previsibilidad del entorno ha empezado a estudiarse también como una dimensión específica de las adversidades infantiles.
En 2026, Laura Glynn y sus colaboradores analizaron registros de 29.861 niños y adolescentes atendidos en diecinueve consultas pediátricas de California.
Compararon instrumentos de cribado de adversidades con un cuestionario breve de imprevisibilidad infantil: el QUIC-5.
Sus cinco preguntas abarcan experiencias cotidianas diferentes, como las rutinas para acostarse, la conducta imprevisible de algún progenitor, los cambios bruscos en sus reacciones, la estabilidad de la relación entre los progenitores o el desorden doméstico.
La escala, por tanto, reúne dimensiones emocionales y estructurales.
Los investigadores encontraron asociaciones entre las puntuaciones de imprevisibilidad y diagnósticos de ansiedad, depresión, alteraciones del sueño, problemas externalizantes y determinados síntomas físicos.
En algunos análisis, el cuestionario aportaba información que no quedaba recogida por el instrumento convencional de adversidades.
Esto sugiere que la previsibilidad puede ser una dimensión relevante para comprender las condiciones de desarrollo infantil.
El estudio, sin embargo, examinó cribados y diagnósticos registrados en la atención pediátrica. No permite establecer qué apareció primero ni atribuir causalmente esos diagnósticos a la imprevisibilidad.
Su contribución es otra: muestra que la consistencia de la vida cotidiana puede aportar información clínica incluso cuando ya se están considerando otras experiencias adversas.
Y abre una cuestión que resulta especialmente interesante cuando dejamos atrás la infancia.
Qué sabemos cuando llega la edad adulta
Muchas explicaciones populares sobre la infancia imprevisible terminan describiendo un tipo de adulto.
Alguien que necesita controlar todos los detalles. Que anticipa constantemente el peligro. Que interpreta los cambios de humor de los demás como amenazas o que encuentra dificultades para confiar en una pareja.
Son imágenes reconocibles.
Pero las investigaciones revisadas no permiten presentar ese conjunto de características como una consecuencia demostrada de crecer en un entorno poco previsible.
Eso no quiere decir que desconozcamos por completo las asociaciones en la vida adulta.
Existen dos vías de evidencia especialmente relevantes.
La primera procede de estudios que han seguido a personas durante años.
En 2024, Sophie von Stumm publicó una investigación basada en 4.732 familias británicas de gemelos.
El estudio examinó cómo percibían los adolescentes el caos doméstico y qué relación tenía esa percepción con su salud mental posterior.
Los participantes que a los dieciséis años declaraban mayor caos en casa que su propio gemelo tendían a presentar peores resultados de salud mental a los veintitrés.
Comparar gemelos permite considerar determinados factores familiares compartidos. Aun así, siguen existiendo posibles diferencias individuales que pueden influir en los resultados.
Y la exposición medida era el caos doméstico percibido durante la adolescencia, no exclusivamente las respuestas emocionales de los cuidadores.
La segunda vía procede de estudios que preguntan a adultos por la imprevisibilidad que recuerdan de su infancia.
El cuestionario QUIC, desarrollado por Glynn y sus colaboradores, y sus versiones posteriores han permitido estudiar estas asociaciones en diferentes muestras adultas.
Los resultados relacionan una mayor imprevisibilidad recordada con más síntomas de ansiedad, depresión o anhedonia, es decir, una menor capacidad para experimentar placer.
En un estudio de Andrea Spadoni y sus colaboradores participaron 156 adultos con antecedentes de trauma. Las mayores puntuaciones de imprevisibilidad infantil se asociaron con varios síntomas psiquiátricos, evaluados también durante un seguimiento de seis meses.
Otros trabajos, entre ellos una investigación con adultos hispanohablantes, encontraron asociaciones relacionadas con salud mental y salud física percibida.
Conviene entender bien qué se ha seguido en esos estudios.
En Spadoni se observaron síntomas durante seis meses de la vida adulta. Las experiencias infantiles se reconstruyeron mediante recuerdos.
La diferencia respecto a un seguimiento iniciado en la infancia es considerable.
Además, algunas investigaciones de validación del cuestionario utilizan participantes que ya habían formado parte de trabajos anteriores, de modo que sus resultados no constituyen siempre confirmaciones independientes.
Lo que podemos afirmar es que la imprevisibilidad infantil recordada se relaciona con determinados síntomas medidos en adultos, y que existen también asociaciones longitudinales entre caos doméstico percibido en la adolescencia y salud mental a los veintitrés años.
Todavía falta establecer con mayor precisión cuánto de esas relaciones corresponde a la imprevisibilidad, cuánto a otras experiencias que suelen acompañarla y cómo evolucionan los resultados a lo largo de la vida.
Sobre todo, estos estudios no describen un destino individual.
En una misma categoría de exposición pueden encontrarse personas con trayectorias muy diferentes.
La infancia importa, pero sus asociaciones estadísticas no constituyen una biografía anticipada.
Aprender en un mundo que cambia
Tal vez el hallazgo más interesante de estas investigaciones sea que aprender a vivir con incertidumbre no parece consistir en desarrollar una única respuesta.
Las experiencias estudiadas son diversas.
También lo son los resultados.
En unos casos, la investigación observa cómo se procesa la información disponible. En otros, conductas adolescentes, síntomas emocionales o relaciones entre recuerdos de infancia y salud adulta.
La previsibilidad tampoco exige que una casa funcione como un reloj.
Las familias cambian. Los horarios se alteran. Existen conflictos, mudanzas, pérdidas y acontecimientos que nadie puede controlar por completo.
La cuestión es qué regularidades puede encontrar un niño dentro de esa vida cambiante.
Qué respuestas resultan suficientemente consistentes. Qué aspectos cotidianos conservan cierta continuidad. Qué puede aprender sobre lo que sucede cuando necesita algo o cuando las circunstancias se modifican.
Los estudios todavía no permiten establecer una fórmula universal sobre cuánta previsibilidad necesita cada niño ni qué respuesta desarrollará ante su ausencia.
Sí están haciendo visible algo que antes resultaba difícil de medir: la experiencia infantil no depende únicamente de lo que ocurre, sino también de cuánto puede anticiparse de lo que ocurre.
Volvamos a los niños que elegían en una pantalla.
Cuando explorar significaba buscar información para decisiones posteriores, apareció una asociación con la imprevisibilidad de su entorno.
Cuando significaba decidir si seguir recogiendo manzanas o cambiar de árbol, esa asociación no se observó.
Ni siquiera en dos tareas diseñadas para estudiar la exploración surgió una respuesta uniforme.
Quizá esa sea la conclusión más útil.
Crecer en un entorno imprevisible no enseña necesariamente una misma manera de actuar. Puede relacionarse con aprendizajes y dificultades diferentes, que dependen de qué se esté observando y en qué momento.
Y para entenderlo hay que mirar más allá de los grandes acontecimientos de una infancia.
También importa lo que se repite.
Lo que cambia.
Y aquello con lo que un niño puede contar mientras todo lo demás cambia.
Fuentes y referencias
- Childhood unpredictability and the development of exploration
- Exposure to unpredictable maternal sensory signals influences cognitive development across species
- Early unpredictability predicts increased adolescent externalizing behaviors and substance use
- Childhood Environmental Unpredictability and Adolescent Mental Health and Behavioral Problems
- Unpredictability is a childhood adversity that contributes to mental health problems
- Adolescents’ Perceptions of Household Chaos Predict Their Adult Mental Health
- Measuring novel antecedents of mental illness: the Questionnaire of Unpredictability in Childhood
- Validation of the QUIC-5 in English and Spanish
- Contribution of early-life unpredictability to neuropsychiatric symptom patterns in adulthood
- The QUIC-SP: A Spanish language tool assessing unpredictability in early life

